Noviembre de 1961
“Mamá, me voy a Fortín en Enero donde está mi hermano Osvaldo.-
Estuvo el Padre Brugna hoy en el patio del colegio y me preguntó si quería estudiar para sacerdote y le dije que sí. Va a venir a hablar con vos para prepararlo todo.”
Y así empezó mi aventura con 8 años, hasta los 16.
Llegamos a la estación de Pedro Luro y descubrí que era todo plano. No había montañas ni lagos. Ahí nomás en el andén me llamaron “corchito”. Y así me quedó el apodo.

A los pocos días, de vuelta al tren hasta Sierra de
Los colchones en el piso, las vacas en las ventanas sin vidrios, los mayores haciendo cumbre en los Tres Picos y nuestro grupito de los más pequeños paseando por todos lados. Aprendimos canciones, disfrutábamos de las magias del padre Brugna con monedas escurridizas. Aprendí a lavar mis platos de loza después de cada comida y conocí el sabor dulce de la carne de guanaco.

Y las fotos de esos días hace tiempo que las perdí.
Antes del inicio de las clases hacíamos juegos para tener puntos para cambiar por los útiles, hasta me compré unas alpargatas para andar bien calzado. Usábamos delantales grises, me acuerdo.
En cuarto grado nuestro maestro fue el maestro Joaquín Lopez Pedroza. Fue un hermano mayor para todo el grado. Cuánto cariño y paciencia. Hice un papelito en un diálogo vestido de cazador de palomas y recuerdo que iba con hondas por todos los bolsillos y tenia que decir a un compañerito arriba de una escalera tapado por ramas : “Pajarito , pajarito“ y no me acuerdo más. Después en quinto fue el maestro Scipioni. Era duro el italiano. Tenía una regla gruesa de
madera que servía para pegarnos detrás de las piernas cuando nos portábamos mal y cuando no sabíamos la lección delante del pizarrón. Y si poníamos los pies sobre el borde del pupitre venía despacito y con un puntapié nos decía: “Chancho caballo, pego patá” Esa frase quedó para la historia. Y me acuerdo que con Luna peleábamos para que no nos pasáramos de la mitad de la mesita. A puro codazos.
En sexto no me acuerdo del maestro. Sólo me acuerdo de que tuvimos que venir antes de vacaciones para Bariloche porque mi tío Mario Serafini iba a cantar su primera misa en su pueblo y en una tarde tuve que adelantar tres exámenes, dos escritos y uno oral.
Ahora quiero ordenar un poco por actividades de acuerdo a como vienen los recuerdo a mi cabeza. Recuerdos que siempre aparecen en mis días y noches. Siempre son lindos y corresponden a agradables momentos. De los feos no guardo memoria.

Cuántas veces al ir a tocar las campanas me asomaba a mirar el paisaje
TRABAJOS
Teníamos una tarde a la semana para trabajar en el campo con el padre Patrono. Era lindo ir a cosechar uvas, manzanas, a limpiar brotes de papas, a clasificar manzanas, a sembrar maíz, a quemar rastrojos. Lo que más me gustaba: volver llenos de olor a humo. Pero ir a la papa era un terror. Los primeros años juntando entre los surcos con un alambrito tipo uña rompiendo terrones para sacar las papas, de rodillas en la tierra seca y pinchándonos con los cardos. Después había una máquina que las separaba y las tiraba sobre la tierra y lo único que había que hacer era poner en bolsas de arpillera hasta la mitad para poderlas subirlas al acoplado. Pero ir a la papa era el más feo de los trabajos.
En el último año, estando en tercer año, me tocó de campanero. Casi seis meses, me parece. Y lo disfruté tanto que me parece que soy feliz hasta hoy, por eso. Salía de clases para tocar los ángelus en el santuario, Los timbres de algunos recreos y lo más lindo, las campanas del santuario los días domingos y fiestas. Subía al campanario y le daba a las sogas de las campanas todas a la vez. Muchas veces al día y lo más lindo era pararlas porque me colgaba y subía hasta el techo para frenarlas. Y después me daba una vueltita arriba del todo para mirar el paisaje. Qué gustazo, la verdad. Y también había recompensa. Cuando al mediodía salía para tocar el ángelus de las doce, me pasaba por el comedor de los superiores y me tomaba una traguito de vino, invitado por supuesto, para volver a clase medio enclenque. Bueno, no era para tanto, pero eso me alegraba el espíritu. Y otro traguito lo bebía de las vinajeras que quedaban con algo en la piletita de la sacristía (cuando se olvidaba el sacristán).
LIMPIEZA
Siempre me gustó hacer limpieza. Al principio al mando de un compañero mayor y después al crecer ya éramos decuriones. Más responsabilidad y más trabajo. Recuerdo limpiar los vidrios de las galerías con papel de diario. Pasar las magdalenas en filas de hasta cinco con gasoil y aserrín por todas las galerías. Limpiar los baños de los dormitorios. Siempre me gustó este trabajo feo y duro. Me acuerdo una vez que tuve que limpiar unas letrinas al lado del museo, unas viejas y antiguas. Y, con un ladrillo, les saqué todo el sarro. Lo mismo hice con los inodoros de los dormitorios. También me gustaba barrer las escaleras de la parte nueva. Soplaba los rincones uno por uno para no dejar polvo. ¡¡Qué loco!!. Lo que no me gustaba mucho era limpiar los comedores. Quedaban muy sucios en época de uvas. Nunca me tocó limpiar el santuario.
Un mes me tocó ser el secretario de Don Chiluffo y tenía que recorrer los dormitorios para recoger los zapatos para arreglar. Todo estuvo bien hasta el día que me dijo: -Cuando termines hay una caja de zapatos rotos al lado de la máquina de coser que no tienen arreglo, la tiras en el pozo de la basura para que se queme. Bien. O mal, mejor dicho. Era tal el despelote que había en la zapatería que la primera caja que ví por ahí, fui y la tiré. Me quería comer vivo. ¡Me tirastes la caja de los arreglados!, me chilló. Se me terminó el trabajo de ayudante del zapatero. Y con una vergüenza enorme.
Pero tenía ese hombre tanto lío en sus cosas que era de no creer. Un día desde la puerta de su dormitorio, junto a monumento del Padre Bonacina, en el primer piso, miré para adentro y había tal desorden de papeles, fotos y cosas que parecía eso un terremoto. Creo que ahí tenía su laboratorio fotográfico también. Pero que trabajador que era. Recuerdo ir con la estanciera hasta el tren o al dentista al pueblo con él. Y para ahorrar nafta la largaba a la entrada de la ruta hasta casi los primeros eucaliptos.
LITURGIA
De a poco aprendí todas las oraciones y los actos litúrgicos en el Santuario. Me encantaba cuando rezábamos el rosario en la ermita junto al río, paseando por entre los árboles al atardecer, cantando “ Venid y vamos todos, con flores a María…” en el mes de Mayo.¡Qué lindo!. O era el mes de Octubre, no me acuerdo, por eso de que acá en España cambia la estación. Me gustaba también asistir a misa. Y las Buenas noches del Padre Antonio Mateos.
Que claras y educativas que eran. Como me gustaba leer. Muy a menudo me tocaba hacer las lecturas en las misas. El maestro Joaquín Lopez Pedroza, me había enseñado a leer claro y alto, y siempre mirando a los feligreses en cada punto final de una oración. Cuando me vestía de monaguillo con esas capitas rojas sobre la sotana blanca me hacia mucha ilusión. Lo que no me gustaba para nada era asistir a
Estábamos de paseo junto al río, tomando mate cocido o cazando palomas y había que volver para escuchar al ¿Padre Damico? El que tocaba el armonio….., que era aburrido. Pero cuando era el padre Videla el orador, era distinto. Nos contaba las historias del Antiguo Testamento y parecía estar viendo una película. Una mención especial era
Todavía escucho en la sacristía la tos forzada del Padre Piovesán. Era como un carraspeo a boca cerrada que muchas veces me parece copiar. Todavía hoy me parece estar en el Santuario y de pronto escuchar el órgano sonar a pleno, ¡qué acústica que había!.
MÚSICA
Apenas llegamos al poquito tiempo nos probó la voz el Padre Alberto Gregui y ahí nomás de contralto. Qué hermoso fue todos esos años en el coro. Aprendimos mucho. Escuchar el coro a cuatro voces era una delicia, tanto la música sacra como la demás. Una canción que me quedó grabada por mucho tiempo fue la nueva que llegó después del Concilio Vaticano II, y era esa de “Los Rosales en flor y los lirios del campo, la rodean como en primavera”.
La música folclórica también me gustaba mucho. Me encantaba ir a darle al fuelle del órgano las tardes de Adoración, ya que no había electricidad en Pedro Luro a esa hora y había que darle aire para que el Padre no nos pegara unos gritos para apurarnos. Me acuerdo que para cantar en actos en el comedor y otros lugares integraba la batería. ¡Qué risa me da hoy!. Lorenzo tocaba el triángulo, y estaba a la derecha del Padre Alberto y yo a su izquierda. Como era duro para los compases a cada cabezazo de él le pegaba un palo al platillo. Me parece estar viviendo esos momentos y zas… cabezazo y Chiin y cuando eran dos seguidos: Chin, cabezazo y Chin. Cuántas veces me cabeceaba y no me daba cuenta., me pegaba una mirada con esos ojazos saltones que tenía, que si no estaba tocando el piano me daba con el platillo por la cabeza… Y cuando no enseñaba canto, nos decía: “Que salga la voz por la nariz, no como los gallos”. Tengo un recuerdo risueño, una vez que cantamos el Aleluya de Haendel con los filósofos de Viedma en el salón de actos y cuando al final se hace un silencio antes de terminar, uno de ellos, cantó: “AAAA” , ¡¡qué papelón.. y qué risa!!.
Lo que aprendí del padre Gregui fue el amor por la música clásica. Siempre nos hacia escuchar a Beethoven, a Manuel de Falla, a Stravinsky… y a los grandes clásicos. Y nos explicaba que instrumento era tal sonido, y como era un preludio, un allegro “ma non tropo”. Hasta era agradable los días de fiesta despertarse con la música que ponía en los altavoces del Santuario. Me arrepiento de no haber aprendido a tocar el piano. Inicié varias veces pero no fui constante. El último año se me dio por el Violonchelo pero no me dediqué casi nada. Tareas pendientes con la música. Todo lo que nos enseñó el Padre Gregui fue muy interesante. Nos hablaba de las cosas que le gustaban. Sobre todo, la búsqueda de antigüedades de los indios y de los soldados de los fortines. ¡Cómo le dedicaba tiempo a esas actividades!.
Y el museo, que lindo que lo tenía. Recuerdo una frase suya que decía: “No te pases del otro lado del caballo”. Tanto para una canción como para cualquier cosa. Era que no había que saltar demasiado para pasar al otro lado de la montura del caballo. Y creo que esta era otra de sus frases célebres: “No es pa todos la bota de potro”. ¡Qué gauchazo que era!. Era todo un hombre de campo.
Una cosa que siempre me pareció bien era que cuando nos invitaban a algún lugar a todo el colegio, nos hacían cantar para los anfitriones en señal de agradecimiento. Que gesto tan lindo. Recuerdo haberlo hecho en lo de Polio, donde íbamos a juntar manzanas y otra vez en la casa de un Inglés en Viedma, en la casa “Ya verán “.
JUEGOS
Después de terminar en Fortín mis estudios seguí pegado al fútbol toda mi vida, hasta que los tobillos se quejaron un poco. Lo que pasa que jugar todos los días era un lujo. Lo triste era esos días de lluvia en los que las canchas estaban con lagunas y no podíamos jugar. Y esos días que teníamos que jugar cuatro equipos en una misma cancha era muy divertido. Cuatro arqueros, dos pelotas. Que desbarajuste era ese partido. Y jugar con alpargatas mojadas y con las pelotitas de los eucaliptos y las tosquitas de la cantera era muy peligroso.
Y del gordo Cucchetti, qué fuerza tenía adelante. Recuerdo una chilena en un partido que fue gol. Era nuestro ídolo. Y al arco jugó un maestro, italiano, él que no me acuerdo su nombre. Creo que hay una foto colgada en FB de ese equipo.
También me acuerdo de los recreos en los que jugábamos a la cabeceadita con una pelotita de tenis. Jugábamos entre las columnas de los pórticos. Y la matanza. Qué partidos que hacíamos. También aprendí a jugar al ping- pong bien y al metegol muy bien. Hasta el día de hoy juego muy bien de delantero.
Fui imbatible en un grupo que teníamos de grandes. Al ajedrez y al dominó no me gustaba mucho. Aprendí pero me aburría.
PASEOS
Los días de paseos era una fiesta. Me encantaba andar en grupo por los campos corriendo liebres, apaleando perdices, cazando palomas y caminando por todos lados. Mi lugar predilecto era Chapolin. Ese campito verde y esas arboledas junto al río. Hacia mis bolitas de arcilla y con la honda recorría los bosquecitos y en las ramas secas de los sauces siempre una torcaz me estaba esperando. Tenía poca puntería. Pero la que caía enseguida se pelaba y al espiedo la comíamos. Me encantaba hacer fueguitos con leña seca y preparar en los tarros de tomate de
Otro lugar hermoso cerca era el Chimpay, ese lugar con lomitas y muchos chañares para jugar a los indios. Y
Un lugar lindo para andar en el campo era del otro lado del río, esos campos entre Pradere y Pedro Luro eran verdes y llenos de animales. Ahí me acuerdo que agarré mi primera liebre, un día 12 de Octubre. Cómo le pegué en las patitas delanteras con mi garrote y a tierra, dijo Colón. Cuando años más tarde les contaba a mis hijos estas historias se enojaron mucho por lo salvajes que éramos entonces. Pero eran otras épocas. Los paseos generales eran la alegría del mes. Ir a lo de Polio, a
Una vez fuimos camino a Pradere del otro lado del río y a lo lejos divisé una higuera. Desde ese día me hice aficionado a los higos. Me pegué una panzada de higos que hasta hoy me acuerdo. También me acuerdo de haber cruzado el río casi sin mojarnos cuando no bajaba agua, pero otras veces le temíamos por lo crecido que venía y hasta una vez vimos que bajaban pequeños témpanos de hielo. ¡¡Qué cosa rara!!.
Lo que me gustaba era escuchar a las calandrias. Nunca las he vuelto a ver en otras partes. Y los horneros. En mi ciudad no había así que siempre contaba a mis amigos lo lindos que eran sus nidos. Otra cosa que me gustaba era ir a la terma y ver como salía el agua sulfurosa a tanta temperatura. Una vez fuimos a una vizcachada cerca de la loma del cementerio. Estuvimos todo el día esperando el momento de la salida y cuando empezaron a aparecer a palo limpio nomás que teníamos que comer.
Recuerdo una vez que el padre (no me acuerdo el nombre) me llevó en el Jeep a una estancia El Zorro, lejos a rezar una misa privada. Nos atendieron muy bien y visite una chalet muy hermoso.
ALIMENTACIÓN
Cuando les contaba a mis hijos que comíamos de todo y abundante no lo podían creer. Es que había de todo. Carne de vaca que se criaba en la chacra. Cerdos alimentados a maíz. Gallinas que ponían huevos y que el padre Patrono multiplicaba con las incubadoras. Miel con las abejas que había en la quinta. Leche fresca y queso, algunas veces. El pan era algo infaltable. Salomón, el panadero, servia unas canastas de pan repletas todos los días y desaparecían en los desayunos y meriendas con esos tazones de cascarilla con leche bien caliente. La verdad que no nos faltaba de nada. Las hermanas de la cocina nos daban de todo. Verduras de estación por demás. Las fuentes de tomates, las cantidades de choclos en su época.
Las frutas por cantidad en su momento. Desde sandias enteras, melones, duraznos de a 7, manzanas todos el año, granadas, mandarinas y naranjas, higos, ciruelas. Y buenas sopas y guisos siempre. Y cuando escaseaba un poco de postre por la noche: una cucharada de miel o un poquito de maicena con sabor. Como a mi todo me gustaba, nunca me quejé de nada. Al contrario, eternamente agradecido por todo y más. Una sola vez alguien hizo un comentario de queja y el padre Vico, creo habló en las buenas noches para parar el pánico. He comido de todo. Uvas a montones, en la vendimia y en la mesa.
Me acuerdo una vez que sirvieron de postre queso casero con un olor a pata que bastó que alguien dijera: Uff, que feo, para que todos lo dejaran en el plato. A los pocos días se hizo poco en el tentempié en las Isletas.
A la orilla del mar estaba exquisito. También me acuerdo de que a unos chicos les ví comer pan con aceite. Me pareció algo muy raro. Y acá en España es el desayuno ideal mediterráneo. Recuerdo que el padre prefecto iba a Bahía una vez a la semana o cada quince días a comprar los faltantes. Aceite, gas, café, azúcar y poco más. Todo salía del campo. Una vez me tocó ir con mi tío Mario y Salomón, el chofer del camioncito, a Bahía. ¡¡Que frío que hacia, Casi me muero!!. Y recuerdo que me daba vergüenza entrar con mi tío a los negocios. En todos lados decía: - ¿Qué descuento me hace? Y se lo hacían, Y aprendí que si no pedís el descuento nadie te lo hace. Me ahorré muchos pesos, bastantes en mi vida con esta política. Ahora pienso cuanta papa tenia que haber para dar de comer a 120 aspirantes más todo el otro mundo de gentes que había por ahí.
Los montones de papas que teníamos que desbrotar. Los guardaba el Padre Patrono tapados con paja vizcachera para pasar el invierno. El campo tenia
ESTUDIOS
De todo lo que aprendí en esos ocho años, lo que más me gustó fue la botánica, la literatura y el latín. El latín me llamaba la atención por lo complicado que era armar una oración. Después de mucho tiempo después entendí que servia más para desarrollar el pensamiento que para utilizarlo para otra cosa. Y, además, me benefició para entender el significado de muchas palabras del castellano.
Me encantaba buscar en el diccionario grandote las palabras y en muchas citas encontraba las frases que teníamos que traducir y era una salvación. Ningún maestro fue tan claro para enseñar como el padre Battel. Me gustaban sus clases de botánica y sus anécdotas de su vida durante la guerra donde contaba que era herrero. Y lo que todos los maestros nos enseñaron de literatura y sobre todo escribir. Me ha servido muchísimo siempre. Adoraba ir a observar los atardeceres y plasmar en una composición lo que sentíamos, era como pintar con letras el paisaje. Además aprendí a ver y a mirar el cielo. A disfrutar de los atardeceres con el cielo lleno de fuego. Y a observar el clima, como ese dicho campero que nos enseño el padre Gregui: “Viento norte, sur oscuro, aguacero seguro”. Como la mayoría de los maestros fueron españoles, los autores que leíamos eran sus paisanos. Recuerdo esas horas pasadas en la sala de estudios en completo silencio y preparando las tareas y lecciones para el otro día. Como tenía una buena memoria todo lo que escuchaba en clase lo repetía en el papel. Fue algo bueno por un lado pero creo que nos faltó un poco más de investigación y de razonamiento. Eso creo que fue lo que me ocurrió a mí. Pero en este tema de la enseñanza estoy eternamente agradecido a Fortín. Me formé muy bien y el método de resumir que aprendí en esos años me ha servido para toda la vida. Recuerdo algunas veces que viendo a los albañiles trabajando en los andamios de las aulas me hubiese gustado cambiar de actividad. Me decía: - ¡Qué lindo sería estar ahí afuera y no acá a dentro sobre los libros!.
PEREGRINACIÓN DEL DÍA 20 DE NOVIEMBRE DESDE BAHÍA
Creo que esa era la fecha de la populosa peregrinación a Fortín desde Bahía Blanca. Perecía que se venia toda la ciudad. Comenzaban a llegar tempranito y se ubicaban en las canchas y por todas partes. Nosotros nos retirábamos ese día para no mezclarnos. Y después de ayudar tantas misas los que nos quedábamos algún año nos tocaba limpieza. Pero las que hacían una limpieza en grande eran las gaviotas, que no sabíamos de donde aparecían pero, en un día, limpiaban todo el lugar. Una vez me tocó vender helados, esos de dos galletas y helado por dentro, que hacían las hermanas de la cocina, en un kiosco cerca de una galería. Fue mi primera experiencia comercial. Otra vez el padre Gregui me llevo con una escalera y una lata de tomates de
FIESTA DEL CORPUS
Me recuerdo con mucha alegría ese trabajo con aserrín, ramas y piedrita para hacer las alfombras decorativas que preparábamos en la entrada bajo los eucaliptos para el paso de la procesión del Corpus. Y una noche llovió y se lavo casi todo. Después supe que era una costumbre europea que se hace hoy en día mucho en Italia y acá en España.
CEMENTERIO
Quiero hacer una mención especial para los recuerdo que tengo del cementerio – Era un lugar al que me gustaba ir cuando pasábamos cerca-. Me gustaba ir a mirar el panteón de los Salesianos y ver las placas de los fallecidos. Y a la persona que siempre le tuve mucho afecto y me dio mucha pena su partida fue El Maestro Stefli. Cuando volvimos unas vacaciones nos enteramos que había fallecido en las Isletas de un paro cardíaco en el agua. ¡Qué pena me dio!.
Y pensar que era un muchachito que murió lejos de los suyos, en otra tierra, y ahí quedó. Una oración por él.
PICARDÍAS
No recuerdo tantas porque la verdad es que nos portábamos bien. La disciplina era una norma que no nos dolía. Pero a medida que fuimos siendo mayorcitos hicimos un par. Una vez nos escapamos después de un ensayo de teatro, casi al fin de curso, y nos fuimos a comer frutas a la quinta. Eran como las doce de la noche. Y otra que fue un poquito más fuerte, ocurrió una tarde en tercer año. Uno fue al boliche de don Juan y compró una botella o petaca de Tres Plumas y la tomamos a escondidas en el aula de estudio nuestra, metiéndola en los pupitres después de darle cada uno una empinada cortita. Y no recuerdo nada más en particular.

MONAGUILLO EN BURATOVICH
Cuando mi tío Mario Serafini, ocupó el cargo de cura de Mayor Buratovich tuve la posibilidad de acompañarlo de ayudante del Oratorio por los sábados y, de monaguillo, los domingos. Ya después del almuerzo volvíamos al Colegio. Así que salíamos en el Jeep color te con leche por la ruta 2 hasta el pueblo. El primer día fuimos en
Y partir de esa invitación fueron todas parecidas en todas las casas de los feligreses. Hacían cola para invitarnos a comer, a cenar, a desayunar. Conocí mucha gente buena, buenísima. Había una familia Crocioni. Otra que habían venido de EEUU, y tenían varios hijos todos coloraditos de pelo. Me sorprendieron porque comían pastel de papa con azúcar. Que cosa más rara. Me tocaba jugar con los chicos del oratorio y el domingo ayudar la misa y juntar la limosna. Un domingo en un grupito de chicos miré una chica, de la familia Kopp, y me di cuenta que me pasaba algo dentro mío. La miré y me miraba y, al otro día, me tuve que ir a confesar con el Padre Patrono. Ya al otro domingo puse excusas a mi tío para no ir más. Tengo de Mayor Buratovich unos hermosos recuerdos de su gente. La gente de esos pueblos era magnífica.
COSAS FEAS QUE ME PASARON
Fueron pocas que recuerdo. Pero la que mas bronca tengo fue que no se si por miedo a levantarme o que, me meaba en la cama. Y hasta que mi tío cuando vino a Fortín, me acostumbro a levantarme de noche para ir al baño, ya se termino mi problema. Todas las noches me llamaba y me hacia ir a hacer pipi. Era feo volver por la noche y acostarse con las sabanas mojadas y frías y encima con olor a pis. Y andar todo el día con olor a pis.
Otro miedo que tenía era cuando tronaba y llovía por la noche. Era horroroso despertarse a las tantas con ese atronar que parecía que se venia el cielo abajo.
Una vez murió un trabajador del campo y estuvimos en su velatorio. Esa noche no pude pegar ojo.
Un día de invierno nevó un poco. Y como éramos pocos los de Bariloche, acostumbrados a la nieve, salimos al patio a jugar y tirar pelotas de nieve. Pero no se si por la falta de costumbre o que se yo, me recanté de frío. Todavía me duelen los dedos de esa vez.
COSAS LINDAS
Que esperaba todos los 30 de Agosto. Mi mamá me enviaba para mi cumpleaños una encomienda con algunas cositas: una ropa y algún billetito en algún bolsillo. Que alegría era abrir esa caja que con tanto cariño me enviaba mi mamá. Seguro que ese día estrenaba pantalón nuevo.
Otra cosa que recuerdo con felicidad son los viajes de vacaciones que hicimos en el mes de Febrero. La que recuerdo bien fue el viaje a Viedma. Conocí muchos lugares. Anduvimos en barca por el río Negro, fuimos caminando al Ya verán cruzando un campo lleno de tortugas. Yo encontré una.
Otro viaje lindo fue con el curso a Ejercicios Espirituales a Viedma. Nos llevó el padre D’Angelo. Estuvimos en el Filosofado, en cuartos individuales, en pleno silencio y oración. El Padre como tenia un hermano en el gobierno, nos hizo conocer la casa del Gobernador y allí nos atendieron a cuerpo de rey. El Padre D’Angelo, fue mi importante para nosotros. Venía de Europa, muy actualizado en temas de formación y en temas de renovación de la enseñanza. Aprendimos mucho con el libro que nos dio que era “Diario de Daniel”, de Michel Quoist…
Nos abrió el mundo espiritual conectado a la realidad de ese momento. Hoy ya debe de ser una antigüedad.

TEATRO
Una de las actividades que me ayudaron mucho a ser feliz en esa época de Fortín fue la actuación. Casi todos los años me tocaba participar en alguna que otra obra. Se me daba bien lo de actor. El Padre Leon Piovesan nos dedicó muchas horas a prepararnos. Le gustaba mucho el tema. Siendo Italiano nos preparaba en Zarzuelas. El padre Consejero nos decía: “Pausa, pausa…” era un recurso que no sabíamos utilizar.
En segundo año el padre Uribe, que con su humildad neuquina nos daba letras de canciones modernas, como una de Matt Monro se titulaba “Alguien cantó”, que cantamos una vez y causó sensación. Y sin duda el capo, capo fue el director de cine y teatro llegado de Roma, el padre D’Angelo. Que los dos últimos años preparó unas lindas obras para fin de año. Eligió dos lindos títulos y tiempo después me contó que me estaba esperando don un titulo muy bueno, donde tenía un papel interesante para mi. Era un mes de ensayos para una única actuación. Cuantas veces cuando ensayábamos y no me tocaba a mí, me echaba una siestita detrás de escena, para paliar el sueño. En el salón estaban adelante los alumnos del colegio, detrás los superiores y detrás las chicas de María Auxiliadora y a veces público de la zona. Y después de la actuación lo mas bonito era entrar al comedor, todos maquillados todavía y, recibir un fuerte aplauso de todos los compañeros. Un año cuando regresé a mi pueblo, de vacaciones, le recitaba a mi mamá , en el trayecto al trabajo toda mi parte una y otra vez. Aprendí mucho y me divertí a lo grande. Mil gracias a todos mis maestros por esto.–
CONSIDERACIONES FINALES
Cuando llegué a Bariloche, después de terminar tercer año de secundario, y antes de ir al noviciado a Morón, sin decir nada a nadie, sentí la necesidad de ver lo que hasta el momento no había visto. Había estado aislado en un paradisíaco lugar estudiando, jugando, compartiendo oraciones, aprendiendo mucho,… pero me faltaba algo. Ese aislamiento a esa edad no me hizo bien. Le dije a mi madre que no volvería y me busqué colegio en mi ciudad en un secundario mixto. Ni me sentí extraño ni nada en ese ambiente. De entrada nomás me hice de amigos entre chicas y chicos. Nunca tuve vergüenza de contar que estuve en un seminario, me sentía orgulloso. No puedo negar que dentro de mí sentía remordimiento por no haber regresado. Hasta llegué a tener un sueño en el que me veía sentado en una iglesia esperando que comenzara la misa, y como no venia el sacerdote, todos se daban la vuelta y me miraban a mi como preguntándome que esperaba para dar yo la misa. Me desperté sobresaltado y no quise seguir pensando más. Cuando terminé el secundario, todos mis compañeros se preparaban para seguir en la universidad una carrera y cuando me preguntaban que haría yo, les dije que volvería al noviciado. Se lo dije a mi madre, habló con el padre Pasino y con los permisos pertinentes estaba autorizado a volver. Pero, desgraciadamente, mi madre sufrió un accidente de coche que la postró como dos meses y yo tuve que responsabilizarme del comercio que tenía y me encontró el 6 de Enero, fecha prevista para el regreso, trabajando en el negocio de mi madre. Y ahí quedó toda mi ilusión. Nunca negué que mi intención habría sido la carrera sacerdotal. Siempre estuve orgulloso de mi paso por Fortín. Creo que no hubiera prosperado como religioso. El sacrificio del celibato no lo hubiera soportado. Y, además, creo que la formación como hombre que tuve en el colegio no fue del todo completa. En esa época, tanto en el ámbito familiar como en el colegio, todo estaba “muy tabú”, usando una palabra de entonces. Además la apertura que significó el Concilio Vaticano II, nos agarró en el medio. Me imagino a los salesianos de esos años, lo difícil que debe de haber sido todo ese cambio. Gracias a Dios, pude enviar mis cuatro hijas a un colegio María Auxiliadora y a uno de mis varoncitos al Don Bosco.
He vuelto a Fortín dos veces, una con mi esposa y mis hijas pequeñas. Pero vuelvo siempre que me llegan recuerdos de niño corriendo por esos campos, jugando en los patios. Y mis hijos sin conocer físicamente el lugar, saben perfectamente con es y como era mi vida durante ocho años vividos a orillas del Colorado.
Siempre me siento agradecido por lo que recibí de mis superiores y compañeros. De los maestros que tuve aprendí muchísimo. Mi madre nunca tuvo que pagar un peso por mi formación. Y la ilusión de familia italiana de tener un hijo sacerdote se esfumó un 29 de Noviembre de 1972. Fortín seguirá siendo, hasta que viva, el lugar donde más lindos momentos pasé, ya que viví de los
Y se me ocurrió escribir este pequeño relato para animar a los demás a que también lo hagan. Seguramente serán historias muy parecidas que servirán para deleitarnos recordando la niñez compartida en un hermoso lugar, cuidados de los mejores maestros que han vivido siempre al servicio de los demás.
Benalmádena, 14 de Abril de 2012.



